viernes

AQUELLOS CAMINOS




El buen rumbo que transita entre dos campanadas tenues oculta la inmovilidad, la perseverancia que sobrevive en su línea de flotación, intentando recuperar la solidez de una conversación malograda. Va y viene, llega entre largas bocanadas de humo y nubes grises, las mismas que contemplan el silencio desde su altura, porque allá queda la amargura, lejos de toda réplica, de todo amontonamiento precoz que rehabilita cada pulgada de cuerpo, porque no es la piel solo, también las palabras y sus sombras las que llegan a salvarse en esta rehabilitación desde la alta observación o el santo remedio para un escape silencioso.

No está el tiempo ni la presentación, tampoco las huellas o ese hálito que alguna vez se consideró salvaje, no habrá música o cualquier otra muestra de un arrepentimiento pero el camino estará incrustado en el mapa, en su acostumbrada guarida de oscuros pasadizos entre árboles y misteriosas hojas que caen al paso de las personas silenciosas.

No está el amor, al menos en las caricias continuas de cuatro manos porque una campanada mal entonada desde esas manos santas arroparon el rompimiento, la suavidad y unas cuantas miradas que corroen el destino.

No hay encuentro, tampoco soledad, quizás la sombra de una estrella asustada o ese recuerdo que se agita como una caricia prohibida, una voz o esa oración donde te escondes, donde no estás mientras regreso al mundo consolando a la estrella que me abre el tiempo desde sus caricias brillantes…

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